Un Presidente feliz
Por Ciro Gómez Leyva
Hace no más de un año, el presidente Felipe Calderón modificaba dramáticamente el tono de la charla cuando se le preguntaba si viviría en México al terminar su mandato. Desaparecía la sonrisa, la voz bajaba, la mirada se iba a un punto de fuga. El destierro, la persecución, la tragedia de no poder habitar el país que se gobernó, parecían destinos inexorables.
Pero, por lo visto, las cosas cambiaron. Vivir en México o ir a pasar una temporada académica o profesional al extranjero se presentan como opciones a explorar con tranquilidad y no como una disyuntiva dolorosa.
Cosa de observar a Calderón el fin de semana. Llegó orondo, contento con sí mismo, a la sede del PAN para decir, esencialmente, que México es hoy mejor que hace 12 años, y que el partido habría tenido mejores números el 1 de julio de haber difundido con más vigor y convicción los logros de su gobierno. Luego se cambió de ropa y se fue a Los Pinos a festejar, cuentan que feliz de la vida, su cumpleaños 50.
La guerra contra el crimen no ha concluido con una victoria, desde luego. La lista de ejecutados no deja de crecer. Hay tensión poselectoral. ¿Por qué ahora Felipe Calderón parece tener tanta confianza en el futuro y en su futuro?
Una hipótesis: el cuadro político que dejará la elección es bueno para él. Nada ganarán los ganadores persiguiéndolo. Y para los perdedores, el PAN incluido, hacer leña del calderonismo será perder el tiempo. El Congreso buscará aprobar “sus” reformas. Las cifras económicas son sólidas y cualquier ajuste del próximo gobierno en el combate al crimen partirá de las mismas premisas y diagnóstico de hace seis años.
Calderón ganó perdiendo el 1 de julio.






